La Mandrágora

Esta planta, conocida también como Berengenilla, Vilanera y Uva de moro, crece en España, en los bosques sombríos, a orillas de ríos y arroyos.

La raíz es gruesa, larga, de color blancuzco por fuera. Esta raíz termina en una porción de hojas ovales y onduladas, que se extienden por el suelo.

Las flores son blancas, ligeramente teñidas de púrpura y el fruto es parecido a una manzana pequeña cuyo olor es  fétido como las demás partes de la planta.

Esta planta ejerció una notable influencia durante la Edad Media,  probablemente por la atropina, su principio activo y la influencia que ejerce sobre el sistema nervioso.

Los usos medicinales más frecuentes fueron el de sedante y/o anestésico y el de antídoto para serpientes, aunque el riesgo de sobredosis e intoxicación era alto.

La raíz de la mandrágora se bifurca y esto es lo que ha servido de base para que se la compare con el cuerpo humano.

Las obras de magia de la época,  hablaban de ella prácticamente rindiéndole culto.

Teofrasto la llama antropomorfosis; Columela «similihomo»; Eldal, árbol de cara de hombre, y las tradiciones populares, hombrecillo plantado.

Los hechiceros la usaban  para sus
maleficios y para otros tenía un poder sobrenatural: preciosa para el que la poseía, influía gratamente en su destino.

Pero a causa de ciertos maleficios, su extracción era peligrosa.
Cuando se arrancaba del suelo, el hombrecillo enterrado en ella lanzaba gritos lastimeros y agudos gemidos de dolor, por lo que había que cogerla bajo una horca, observando ritos peculiares, y solamente en determinadas ocasiones se disfrutaba de todas sus propiedades.

Al parecer, lo mejor era que un perro la arrancase y luego la envolvían en su sudario. Desde este momento adquiría propiedades mágicas y una de las mejores era la de duplicar las monedas que se envolvían en ella.

Contribuyeron al éxito de la planta los charlatanes que vendían sus raíces a precios exagerados, dadas sus cualidades y a las que la gente daba crédito sin pararse a pensar.

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